La incongruencia de Gil, Cordero y Zavala

Nota publicada el dia: 2017-10-06 | Por Redacción

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Desde que ingresé a la vida política hace ya más de 23 años, lo hice convencida de contribuir a dignificar el ejercicio público de México, y en Acción Nacional encontré figuras institucionales que consideraban la congruencia como un valor fundamental. Un principio de vida cada vez más escaso en la política. En el ejemplo de políticos que conocí en los noventa –como Carlos Castillo Peraza–, encontré también un partido que se caracterizaba por promover causas justas: honestidad, respeto, justicia, y evitar los abusos gubernamentales.

Aún creo que los gobiernos de Acción Nacional son infinitamente mejores que los gobiernos priistas, cuya tradición perdura porque siempre privilegiaron la política electoral por encima de la política pública. Lamentablemente, aunque se hable de una “nueva generación priista”, nada en ellos ha cambiado. Ahora incluso su descaro es absoluto.

Esto no significa que no se hayan cometido errores en la historia del PAN como gobierno. No me alejo de la realidad que vivimos como partido. Hay prácticas que se deben erradicar, como los escándalos por los “moches” y corrupción de algunos integrantes.

El PRI usó desde que perdió el gobierno federal una estrategia basada en “nuevos cuadros políticos”. Jóvenes cuya característica principal es “fotografiar bien” en la publicidad, perfiles de “guapos y bonitas”. Enrique Peña Nieto presumió al inicio de su sexenio esas “camadas” políticas: Javier y César Duarte, Rodrigo Medina, Roberto Sandoval, Roberto Borge y Miguel Alonso.

Ganaron elecciones, pero ¿a qué precio para el país? Ganar en sus estados no los convirtió en automático en honestos. Todos los casos de corrupción del PRI tienen como origen el “ayudar” a ese partido a recuperar la Presidencia. Lo cual se tradujo en mayor impunidad, ya que el gobierno priista no se atreve a enjuiciar a estos políticos porque una gran parte de esa corrupción se dio para que Peña Nieto fuera presidente.

Si a eso le añadimos que en el tricolor hay figuras como Emilio Gamboa, César Camacho, Manlio Fabio Beltrones o Jorge Carlos Ramírez Marín, quienes han sido los orquestadores perversos de muchos de los males de este país, la crisis gubernamental se agrava. Estos personajes ya sea en el gobierno, o en la oposición, han sido factores fundamentales para generar la mayor impunidad.

El mérito que reconozco al expresidente Felipe Calderón, de quien admito una gran inteligencia y fortaleza para enfrentar los problemas de este país, extremadamente descompuesto después de más de 60 años de impunidad y corrupción, fue su interés por formar nuevos cuadros en la política. A pesar de las críticas, asumió el reto y nos brindó la oportunidad a muchas y muchos panistas para que pudiéramos participar en la administración pública.

¿Qué sucedió con algunos de estos jóvenes? Con sus honrosas excepciones, hubo quienes no se permitieron valorar la responsabilidad que significaba ser un servidor público a esos niveles. Se acostumbraron a estar siempre a la cabeza, sin pasar los filtros que en la clase media conocemos como la “cultura del esfuerzo”.

No demerito sus capacidades, inteligencia, conocimientos técnicos. Creo que muchos de ellos ni siquiera percibieron que otros los vimos con admiración, y pensamos que podían avanzar en sus liderazgos –que resultaron efímeros–, gracias al mayor pecado que se comete en política, llamado “soberbia”.

Comenzaron a copiar mecanismos de negociación al PRI, decidieron convertirse en una clase burocrática para transitar al denominado “grupo tecnócrata”, cuya medida para tener estatura política y eficiencia gubernamental era contar con posgrados en prestigiadas universidades. De tal suerte que la identidad partidista y sus principios doctrinarios quedaron en segundo término. La incongruencia empezó a permear con mayor fuerza.

Hoy lamento que compañeros a quienes consideré como grandes amigos y apoyé con enorme convicción, como Ernesto Cordero y Roberto Gil, le sigan el juego a Rafael Moreno Valle, y a Javier Lozano, uno de sus operadores. No logro entender por qué la posición de culpar a los miembros del PAN de lo que pasa, en lugar de ser parte de una oposición real contra quienes han hundido este país. No comprendo por qué desperdiciar tanta inteligencia.

Sus méritos como servidores públicos e inteligencia no están en duda; pero llegar a esos cargos no les otorga el derecho de criticar y demeritar todo aquello por lo que ellos mismos fueron criticados cuando pertenecimos al gobierno el sexenio pasado.

He defendido que al presidente Calderón no se le puede culpar de todas las acciones equivocadas de quienes lo acompañamos en su gobierno, pero por congruencia tampoco puedo opinar distinto cuando se trata de querer culpar al dirigente nacional, Ricardo Anaya, de todo lo que sucede en el PAN.

Y menos estoy de acuerdo en apoyar los argumentos del PRI basados en la calumnia y la infamia para meternos a todos los políticos en la misma bolsa. Es una lástima que tanto Ernesto como Roberto sigan ese juego perverso haciéndole segunda al PRI.

Para nadie es desconocida mi posición sobre la conformación de coaliciones, alianzas y frentes con otros partidos políticos. Siempre he estado en contra, así lo evidencia mi voto en la Comisión Permanente Nacional. Mi posición es y ha sido empujar siempre por tener gobiernos representativos del PAN.

¿Elección abierta para elegir candidato del Frente?

Durante los procesos electorales de 2015 y 2016 observé y viví la forma en que varios de mis compañeros senadores y senadoras luchamos por obtener en nuestros estados la oportunidad de contender –siempre bajo el argumento de la competitividad–: fuimos todos designados por la Comisión Permanente Nacional del PAN y muchos hoy son gobernadores.

Por lo mismo no entiendo ni la posición de mis compañeros ya mencionados ni la de Rafael Moreno Valle y Margarita Zavala: ¿Por qué una elección abierta es la solución para elegir candidato del Frente Ciudadano por México, según su visión? ¿En qué momento cambiaron de opinión? ¿Acaso no nos damos cuenta lo que el PRI con todo el dinero, corrupción y mañas a los que está acostumbrado, puede influir en el resultado? ¿O es sólo el pretexto para hacer maletas y simular apoyo a Margarita Zavala y realmente apoyar a José Antonio Meade? El tiempo dará la respuesta.

Recuerdo perfectamente cuando Roberto Gil me invitó a una cena en su casa, a la que también asistieron Jorge Luis Lavalle, José Rosas Aispuro y Luis Fernando Salazar, entre otros, para pedirnos apoyo a la candidatura de Ricardo Anaya a la presidencia del partido. Quienes estuvieron presentes exaltaron las cualidades del ahora presidente. Fui la única que le dijo de frente que no estaba convencida de que Ricardo podía ser el presidente nacional, porque fui una de las principales opositoras al Pacto por México que él –junto con Madero–, apoyaron. Sin embargo, luego de esa reunión, Roberto Gil presidió el Senado de la República, por cierto, con mi apoyo y el enojo de Ernesto Cordero, quien apoyaba a José Rosas Aispuro.

No entiendo ahora dónde está la inconformidad. ¿Hay una cúpula que se arregla o se pelea de acuerdo con las posiciones que ocupa? Ninguno de los que ahora afirman que hay un “agandalle” por parte de la dirigencia nacional puede decir que no han sido privilegiados en los cargos que han ocupado en este periodo: Ernesto Cordero fue coordinador del PAN en el Senado, presidente de la Mesa Directiva, e integrante de la Jucopo.

Roberto Gil era la brújula que orientaba las decisiones del grupo parlamentario del PAN en el Senado para los nombramientos más importantes en nuestro país en materia de seguridad y justicia. Asimismo, ocupó la presidencia de la Mesa Directiva y fue siempre un interlocutor con el gobierno. ¿En dónde está el abandono?

Esta alianza que ahora tienen mis compañeros y alguna vez mis amigos –que no la digo yo, sino que sus propios actos la delatan– para mí es incomprensible, porque siempre creí que ellos actuaban con inteligencia, prudencia y responsabilidad, queriendo al partido igual que lo queremos muchos de nosotros… Preguntaría entonces, ¿quién traiciona a quién? ¿Ser congruentes e institucionales es traicionar? ¿Por qué hoy no hay señalamientos hacia el PRI? ¿Por qué los ataques hoy se vuelcan al propio PAN? ¿Por qué las acusaciones las llevan al terreno mediático?

Lo cierto es que todo esto me da una nueva lección que ya muchos me habían repetido: en la política hay quienes deciden tener amigos, y hay quienes prefieren tener socios, pero también hay quienes todavía siguen luchando porque algunos principios básicos no desaparezcan: la congruencia y la dignidad.

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